viernes, 30 de mayo de 2014

El tren especial... futbolero

Ilustración de Valentí Castanys para su texto El tren especial 

Cuando aun resuenan los ecos de los aficionados en los trenes especiales que viajaron de Madrid a Lisboa para la final de la Chanpions, es el momento de recordar un texto sobre los trenes especiales de aficionades al futbol que el dibujante, humorista y comediógrafo Valentí Castanys (Barcelona, 1898-1965) incluyó en sus memorias, publicadas en 1964. Los hechos narrados corresponden a los años veinte del siglo pasado, pues cita al mítico Paulino Alcántara. El texto, titulado El tren especial, y en traducció de este bloguero, dice así:
El ambiente futbolístico de aquellos tiempos era muy diferente al de ahora, había una gran intimidad entre los jugadores y los aficionados. Yo recuerdo auténticas manifestaciones de entusiasmo ante la casa donde vivía Alcántara después de un partido victorioso. Los jugadores se pasaban buena parte del tiempo paseados a hombros de sus admiradores. Éramos menos, pero más bien avenidos. Convivíamos, hete aquí.
¿Sabeis que costaba acompañar el equipo a Zaragoza en un tren especial? ¡Ocho duros! Ni uno más ni uno menos. Salíamos de Barcelona a la una del mediodía y llegamos a Zaragoza a las seis de la mañana, con un frío que pelaba. El aire del Moncayo bajaba hasta el Ebro y corriendo por la cuenca del río lo enfriaba todo.
El tren especial no se puede confundir con ningún otro tren. Los otros tren se paran en todas las estaciones. El tren especial no, para en todos los lugares donde no hay estación.
Una vez instalados en el vagón correspondiente, siempre había unos cuantos aficionados a la zarzuela dispuestos a amenizarnos el viaje. Si conozco "La del manojo de rosas " y " Luisa Fernanda", puedo decir que es gracias a mis desplazamientos en tren especial. A menudo, en alguno de estos viajes, surgía un cantante profesional. Recuerdo un viaje en que tuvimos de compañero de vagón al barítono Sagi Vela. Ese día el tren permaneció parado en un páramo cerca de una hora, porque el maquinista y el fogonero, atraídos por los dos de pecho, abandonaron la máquina y comparecieron en nuestro vagón. Pero no venía de una parada. A veces, a medianoche, sentíamos chirriar los frenos y, después de una sacudida repentina, el convoy se inmovilizaba. Abríamos las ventanillas. Todo estaba oscuro como boca de lobo. Casi no podíamos distinguir los empleados del tren que, empuñando un farol y un martillo, iban repicando las ruedas de los vagones.
–¿Que sucede?
Nada, que se ha calentado una rueda y habría que apartar un vagón.(1)
¿Por qué las ruedas de los trenes especiales siempre se calentaban? ¿Podría influir el ardoroso entusiasmo de los aficionados que transportaba?
El vagón de la rueda calentada era apartado a una vía muerta que yacía junto a otras vías agonizantes. 
(1) En español en el original

miércoles, 21 de mayo de 2014

El discreto quehacer de los ingenieros

Shinkansen Daibakuha (1975, Pánico en el Tokio Express)
Los dos últimos artículos en Vía Libre los he titulado El discreto quehacer de los ingenieros (I y II) y en ellos se comentaban novelas y películas que tienen a ingenieros como protagonistas. En el primero de ellos, incluí este párrafo:
En el mundo ferroviario cabe distinguir entre dos clases de ingenieros: los de caminos y los industriales, el cine y la literatura se ha ocupado de ambos, aunque poco, porque el trabajo de diseño, cálculo, ensayo de materiales o modelación rinde poco en una novela y no resulta muy vistoso en una pantalla. No debe llevar a engaño el hecho de que en USA y en Canadá la palabra engineer designa también a los maquinistas.
Al hilo de esta aclaración, el veterano periodista Gonzalo García Sánchez, también colaborador de Vía Libre, me mando por correo-e dos acertadas referencias cinematográficas que ilustran este false fried.
"En Dodge, ciudad sin ley (1939, Dodge City), al comienzo, el excoronel Dodge, promotor de la nueva línea, comenta con sus compañeros de viaje (en tren, claro) que habrá que pedirle al "ingeniero" -o sea, al maquinista actuante- que redoble la velocidad. Gajes de la mala traducción y el consiguiente reflejo en la banda sonora, vicio muy frecuente en la industria cinematográfica española: saber mal los idiomas y pronunciarlos peor, voto a Brios..."

La segunda referencia era de Misión de audaces (1959, The Horse Soldiers), de John Ford, con John Wayne en el papel de coronel del Ejército de la Unión. Una señorita sudista, anfitriona de un grupo de oficiales yanquis, se interesa por el trabajo en la vida civil del coronel. Éste le dice que era "railroad engineer" y la dama le contesta: "!Ah, qué bonito! ¿O sea que usted conduce esas máquinas monstruosas que silban y van echando tanto humo? ¿Y va tocando la campanilla, ding, dang, ding, dang?" Y el coronel le replica: "De eso nada, señora, me dedicaba a la construcción de líneas por las que circulan esas máquinas que a usted tanto le entusiasman." Es decir: incluso para los anglohablantes el término engineer se presta a confusión y a juegos de palabras. De la secuencia, es intersante también la explicación del coronel sobre cómo ha llegado a ingeniero de vías y obras.


Más allá del tema lingüístico, los dos artículos se centran en la escasa presencia de los ingenieros en las manifestaciones artísticas de tema ferroviario. El cine, la novela, la fotografía, la pintura y los cómics gustan de trenes lanzados a gran velocidad, de historias románticas en expresos, de estaciones con la atmósfera saturada de vapor, de paisajes deliciosos cruzados por convoyes y de viajes heroicos. Los protagonistas suelen ser esforzados ferroviarios e intrépidos pasajeros, pero… ¿Dónde están los ingenieros? ¿Qué arte se ocupa de su labor silenciosa, sesuda y de tal responsabilidad? ¿Qué creadores han reflejado su posición, a menudo delicada, atrapados entre las exigencias de las cúpulas de las compañías y las inexorables leyes de la termodinámica?

En los artículos se citan las películas siguientes: The Silver Streak (1934, El rayo de plata) de Thomas Atkins, Tycoon (1947, Hombres de presa) de Richard Wallace, Denver & Rio Grande (1952) de Byron Haskin, Viento Negro (1965) de Servando González, Moebius (1966) de Gustavo Mosquera y Shinkansen Daibakuha (1975, Pánico en el Tokio Express) de Jun'ya Satô. En el apartado de novela se hace referencia a Juan David Morgan por El Caballo de oro (2005), a Luciano G. Egido por Los túneles del paraíso (2008) y a Haruki Murakami por Los años de peregrinación del chico sin color (2013).

¿La conclusión? Que es una constante en la historia de la literatura y el cine que la burguesía emprendedora sea protagonista de gran cantidad de obras, y que ocurra lo mismo con los trabajadores, y a nadie se le escapa de que en ello hay cargas ideológicas de diverso signo, pero el ingeniero tiene poco espacio, lo cual supone un vacío lamentable en estas manifestaciones artísticas y, en cierto modo, una injusticia para un grupo de profesionales que asume grandes responsabilidades casi siempre entre dos fuegos.

Denver & Rio Grande (1952)

viernes, 9 de mayo de 2014

Rompenieves (Snowpiercer), la película


Hoy se ha estrenado en España Snowpiercer (Rompenieves, Transperceniege), la adaptación dirigida por el director coreano Bong Joon-ho de la novela grafica del mismo nombre. La versión cinematográfica bebe, como no podía ser de otra manera, de la primera de las tres partes de del cómic, la que dibujó Jean-Marc Rochette según el guión de Jacques Loeb (Lob) en 1984 y que reflexiona sobre las desigualdades sociales en un mundo tecnificado; la segunda y tercera partes, con guión de Legrand, se apartan bastante de la idea fuerza de la primera.

Argumento: Un fallido experimento para solucionar el problema del calentamiento global casi acabó destruyendo la vida sobre la Tierra. Los únicos supervivientes fueron los pasajeros del Snowpiercer, un tren que recorre el mundo impulsado por un motor de movimiento eterno. (Filmaffinity)

La historia que hemos visto en la pantalla plantea el mismo conflicto moral, que no ha envejecido en absoluto, y la manera de plantearlo se ve enriquecida por 30 años de cine y literatura que le aportan agilidad, tensión narrativa y una mirada más poliédrica. La lucha de clases sigue en el fondo del guión, aunque ahora ya no son obreros y burgueses sino desposeídos y privilegiados.

Si el cómic pecaba de falta de agilidad y de un tempo vacilante, el montaje de la película es impecable y sus efectos especiales confieren una brillantez singular a los coches donde se elabora la comida y donde viven los privilegiados, en claro contraste con el gris próximo al dibujo de los coches de los desposeídos.

La violencia, como algo visceral y atávico, está presente en toda la cinta. La mentalidad oriental del director queda reflejada en una curiosa mescolanza entre las ideas actuales sobre la sostenibilidad de los ecosistemas y la consideración tradicional de la manera de abordar y aceptar nuestro lugar en el mundo.

El riesgo de spoiler no permite ser más preciso, pero el espectador seguramente encontrará un poco pueril el uso de los niños, reconocerá la fidelidad al cómic original en el destino del héroe y estará de acuerdo en que las últimas escenas son la única concesión a segunda y tercera parte.