jueves, 16 de marzo de 2017

Cercanías, la literatura de lo cotidiano III

En las dos últimas entregas vimos como los cercanías recorrían la literatura, ahora los veremos circulando por la pintura.

La expansión de las ciudades a principios del siglo XX a lo largo de las líneas suburbanas conformó el modelo de trenes de cercanías casi tal y cómo los entendemos ahora. Esto se deduce de las obras de aquella época que captan el bullicio y las aglomeraciones en los andenes. Fuera ya de las estaciones, vemos los convoyes circulando por las ciudades por pasillos ferroviarios entre los edificios o pasando elevados sobre las calles y las carreteras.

Los óleos, acuarelas y grabados que hemos seleccionado nos muestra cercanías de España, Inglaterra, Chile, Estados Unidos y Japón. Cada artista ha tenido su manera de acercarse al tema, unos se han fijado estrictamente en el material móvil, otros apenas lo han esbozado y han resaltado a los pasajeros, también hay quien ha querido reflejar el paisaje urbano con el tren integrado.

Siéntense en un banco de la estación del blog y vean pasar los trenes.

 Sherlock, Marjorie - Liverpool Street Station (1917)

Lozowick, Louis - Traffic (1930)

Yasui Koyata - Elevated Railroad (1932)

Rockwell, Norman - Commuters (waiting at Crestwood train station) (1945)
Masereel, Frans - The City

Catalá, José - Príncipe Pío

Brodholt, Gail - Factory Junction

Mr. from Fukushima - Seibu yellow 3000 system

Garcés, Eduardo - Santiago de Chile

Kiuchi, Tatsuro - Cercanías

Gómez, Xenxo - Atardecer en Chamartin

miércoles, 1 de marzo de 2017

Cercanías, la literatura de lo cotidiano II


En la entrega anterior vimos cómo la literatura del país donde nació el ferrocarril hizo materia narrativa de los trenes de cercanías desde sus inicios. Las compañías ferroviarias de la región de Londres encontraron en los promotores de las urbanizaciones suburbanas unos magníficos aliados, en nuestro país, en cambio, el fenómeno de las urbanizaciones metropolitanas ha estado vinculado al automóvil, con la excepción de algunos casos en Barcelona a principios del siglo XX. Esto explica que el seiscientos tenga su papel en la novela y, sobre todo, en el cine, y que el tren de cercanías esté poco presente. Aparece en algunos relatos de autores del realismo social y, posteriormente, va siendo tomado como escenario a medida que crecen las redes suburbanas.

El filólogo y escritor Alonso Zamora Vicente (1916 – 2006), Premio Nacional de Literatura 1980, en su relato Tren de cercanías de 1957 retrata cómo una señorita de casa bien entretiene el viaje revisando su bolso y extrayendo objetos para que sean vistos y admirados por el resto de viajeros; hasta que aparece una pistola que precipita un final insólito. Del relato nos interesa, ahora, el hecho de que presenta el viaje en cercanías como algo rutinario y tedioso.
Todos los jueves Martita baja a la capital. Martita vive en un pueblo suburbano, a veinticinco kilómetros del centro. Los trenes van y vienen por el sueño y la vigilia de Martita, una zozobra llena de horarios y tracatrá, y paisaje familiar, y combinaciones con el metro y el autobús, y la duda de si parará o no este tren en su pueblo. (…) El tren corre, alocado, por estos veinticinco kilómetros que Martita ya se sabe de memoria. Intenta, para llenar el tiempo, poner un poco de orden en su bolso, revolver, simular que busca algo.

El madrileño Carlos del Pozo ganó el primer premio La Mota de libros de viajes con Raíles sobre la mar (2008), un viaje sentimental por la comarca mediterránea del Maresme. Lo que tiene de original el libro es que el viaje se realiza en la línea de cercanías que la recorre a todo a lo largo. El viajero cubre en cada etapa la corta distancia entre una estación y la inmediata siguiente, pasa dos o tres días en el pueblo, lo visita, lo describe y continúa viaje. Relata el ambiente que hay en el tren a distintas horas del día y retrata la cambiante y variopinta galería de usuarios. Todo le parece bien al viajero menos no poder viajar en silencio:
Hay estu­diantes que repasan en alto y de modo colectivo sus lec­ciones, teléfonos móviles que retumban con su insólita colección de melodías sobre la cerrazón del vagón, unos árabes de mediana edad que vocean la belleza de su len­gua en la convicción de no ser entendidos por nadie, y hasta un par de jóvenes que, pese a ir dormidos, llevan conectados sus aparatos de música en principio para sus exclusivos oídos pero que tenemos que soportar los de­más.
Justo en la ciudad de Badalona, término del libro de del Pozo, se realizó el año 2009 una exposición conjunta del poeta Valentí Soler y el pintor Antoni Benages sobre los lugares característicos de la ciudad. No faltó la estación, a la que le dedicaron una acuarela, la que encabeza esta entrega, y un breve poema con cierto aire de haikú titulado Cercanías:
Trens del matí.                                 Trenes de la mañana.
Vidres endins,                                  Detrás de los cristales,
regust de somni als ulls.                  regusto de sueño en los ojos.
La rutina de un viaje de cercanías ha tenido en ocasiones un rompimiento brutal: un accidente, un atentado. En el año 2009 dos novelas se sumaron a la narrativa que tiene su germen en los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004.

El mapa de vida (2009) de Adolfo García Ortega no es de tema ferroviario, tampoco es estrictamente hablando una novela sobre el 11M, pero en los compases iniciales describe como eran y como mueren algunas víctimas; una de las protagonistas de la novela es una de las supervivientes. De nuevo el viaje en cercanías se describe con los colores de lo conocido y lo cotidiano. 
En la estación la luz empieza a ser más densa. Los trenes emiten sonidos familiares, chirridos de frenos, tonos intermitentes de aviso de cierre de puertas. La gente corre como siempre repitiendo el ciclo diario. Ya se ha despertado la ciudad, ya la ciudad vuelve a ser un caudal de vida y tiempo derramados. Pero ha ocurrido algo, la luz ha cambiado de un color a otro como si hubiese caído un telón sobre Madrid. Una explosión, alcanza a comprender alguien que cae en el andén, que se siente empujado.

Manuel Gutiérrez Aragón ganó el premio Herralde de novela 2009 con La vida antes de marzo. Tampoco en este caso se presenta como una obra sobre el 11M, pero sí como una reflexión sobre el choque de culturas. Un tren de dos mil coches recorre un trayecto sin principio ni final inscrito entre Bagdad y Lisboa, procede de varias estaciones, tiene múltiples destinos y el tiempo en él, se distorsiona. La novela arranca con referencias a trenes de ciencia ficción: el convoy, que es como un mundo y que circula sin detenerse, tiene ecos del cómic Transpierceniege y el sistema de trenes satélite utilizado para subir y apearse de él, los tiene de la novela Traficantes de leyendas.
No tiene ni cabecera, ni estación terminal. Y para ir a Zurich o a Es­tambul no hay que cambiar de línea, solo tomar el vagón adecuado. Las obras de este trayecto empezaron en el 2019 y solo se han terminado ahora, cinco años mas tar­de. Pero lo más espectacular no es su trayecto múltiple, ni su decoración art deco, rococó, o la más abundante de la­cerías y signos arábigos, sino el numero de sus vagones. Dos mil vagones forman la serpiente metálica de este enorme trasto, que nació ya viejo por la falta de acuerdo europeo. El antiguo proyecto «Berlín-Bagdad», sucesor del «Oriente Expres», ha dado origen al tren «Bagdad-Lisboa» que sale -en realidad deberíamos decir pasa- de, por, so­bre, ante Lisboa y da la vuelta en Mesopotamia, haciendo un gracioso rizo -de tres billones de euros- entre el Tigris y el Eufrates. Y de Lisboa, si no «sale», tampoco se puede decir que «vuelva». El tren nunca se detiene para recoger o descargar usuarios. Seria una perdida de tiempo. Un satélite, que se coloca a su costado, en una vía adyacente, aumenta la ve­locidad hasta alcanzar la del «Bagdad-Lisboa». Los pasaje­ros se trasvasan al enorme convoy y viceversa. El tren satélite se despega del principal una vez cumplida su misión vicaria.
El encuentro de dos extraños en ese tren acaba en confidencias y relatos cruzados. Uno de ellos se enamoró de una magrebí en un pueblo de Asturias cercano a Mina Conchita, el otro estuvo relacionado con un grupo radical liderado por un tipo apodado “el tunecino”… Seguro que les suena.

jueves, 16 de febrero de 2017

Cercanías, la literatura de lo cotidiano I

Los usuarios de las líneas de cercanías miran poco por las ventanillas, entretienen el viaje cotidiano con un periódico gratuito, se concentran en un libro, unos apuntes de clase o los índices de ventas del día anterior; quienes viajan en compañía de los conocidos habituales, hacen tertulia; los que escuchan música con sus dispositivos móviles y los que están absortos en sus preocupaciones miran sin ver un paisaje que se repite cada día: la oscuridad del tramo soterrado, patios y balcones traseros, espaldas de fábricas, barrios nuevos, enlaces de carreteras, estaciones clónicas; sólo cambia el tono de la luz, un atasco no habitual en el cinturón de ronda o unas luces de emergencia centelleando donde nunca pasa nada. Si los expresos evocan el viaje a un futuro mejor y la posibilidad de la aventura, los cercanías, remiten a lo cotidiano y al tedio de la rutina; pero los trenes de cercanías también tienen su literatura.

En La ciudad de la niebla (1909) Pío Baroja describe el regreso en tren a Londres un atardecer de domingo:
El tren parte y deja pronto atrás el pueblecillo; la tarde muere. Una estrella empieza a temblar en el crepúsculo; las ventanas se iluminan. El campo ha desaparecido; entramos en la ciudad… Y empiezan a aparecer barriadas inmensas, monótonas, de casuchas bajas, feas, iguales, todas grises y negras, con sus patios cuadrados y sus chimeneas humeantes, tristes colmenas construidas por hombres que se creen filántropos. Ya no se ven caballeros elegantes, ni amazonas, ni jardines, ni coquetas casas de campo en el fondo.
(…)
De pronto cruza un tren por delante de los ojos y sus faros de color tiemblan en la oscuridad de la noche; luego pasa otro y otro. El tren se hunde en una trinchera, luego sus raíles se elevan y corren a la altura del tejado de las casas. Entonces Londres parece una ciudad subterránea.
Cunado Pío Baroja residía en Londres, estaba empezando el fenómeno de la creación de urbanizaciones para la clase media a lo largo de algunas líneas ferroviarias que se extendían hacia la periferia. Estos núcleos de casas modernas, pero de aire campestre, eran copromovidos por las sociedades ferroviarias tanto para aumentar su volumen de viajeros y de negocio, como para obtener beneficios con las construcciones. La más conocida de estas zonas de expansión fue Metroland, al noroeste de Londres a lo largo de la vía de Baker Street Station hasta Verney pasando por Wembley y Aylesbury. Los folletos promocionales de la época presentaban una Arcadia rural, la posibilidad de vivir holgadamente en el campo e ir a trabajar a la ciudad en un tren rápido y cómodo. Este modelo promocional se ha mantenido en Europa durante casi cien años. Tres escritores británicos de renombre han hablado de Metro-land en sus novelas. 

Ewelyn Waugh que, desde su conservadurismo esnob, ridiculizaba a las clases medias que se instalaban en las urbanizaciones, presenta en Decadencia y caída (1928) un personaje llamado Lady Metroland, que encarna los tópicos de los nuevos ricos.

Julian Barnes, desde posiciones más progresistas, evoca en Metroland (1980) su adolescencia en Middlesex en los sesenta, incluidos los recursos para romper la monotonía del ir y venir del instituto en el tren de cercanías: 
Aquellos trayectos diarios eran, ahora me doy cuenta, los únicos momentos en que estaba a mis anchas. Quizá por eso nunca los encontraba largos ni aburridos, a pesar de ir sentado durante años junto a los mismos hombres con trajes a rayas como dibujadas con tiza, mirando por las mismas ventanas las mismas cosas y las mismas paredes de los túneles, repletas de cables negros y polvorientos. Y, por supuesto, todos los días podía uno entretenerse con juegos que nunca fallaban. El primero era conseguir un asiento: nada más lejos de ser una tarea fastidiosa. Francamente, nunca me preocupó mucho dónde sentarme en el tren, pero me encantaba sentarme donde querían sentarse los demás. Esta era la primera acción subversiva del día.
Julian Barnes
Una conversación informal entre el protagonista y un viajero habitual, un empleado de la city con bombín y paraguas, sirve como recurso para explicar los orígenes de Metroland. Hay un tono de fascinación en los pasajes que describen los trenes:
El material rodante, pintado de un típico color marrón, había continuado siendo el mismo durante sesenta años. Algunas de estas antiguallas, según mi libro sobre locomotoras de Ian Allen, llevaban funcionando desde 1890. Los vagones eran altos y cuadrados, con anchos paneles corredizos de madera. Los compartimientos eran lujosos y amplios comparados con los actuales, y la separación entre los asientos le hacía maravillarse a uno del desarrollo del fémur durante el reinado de Eduardo. Los respaldos de los asientos estaban inclinados en un determinado ángulo, lo cual significaba que, antiguamente, los trenes pasaban más tiempo en las estaciones.

Sobre los asientos había fotografías color sepia de los lugares más bonitos recorridos por la línea: el campo de golf de Sandy Lodge, Pinner Hill, Moor Park, Chorleywood. La mayor parte de los accesorios originales seguían allí: amplias rejillas para poner el equipaje dispuestas irregularmente; para los abrigos, colgadores tan gastados que ya estaban torcidos; anchas correas de cuero para abrir y cerrar las ventanas e impedir portazos; un número dorado y grandote en las puertas, el 1 o el 3; y en cada una de ellas, un tirador de cobre sobre un disco del mismo metal; grabada en el disco, en tono de orden o seductora invitación, la leyenda «Viva en Metroland».
Una estación de Metroland en la actualidad
La novela fue llevada al cine en 1997 con el mismo título por Philip Saville. Fiel al relato de Barnes, muestra los escenarios de Metroland y el material ferroviario de los sesenta.


El poeta y periodista John Betjeman merece una atención especial. Fue cofundador de la Sociedad Victoriana, que se dedicaba a la preservación del legado arquitectónico, y un gran aficionado al ferrocarril, escribía sobre los ramales secundarios que estaban desapareciendo y disfrutaba demostrando su profundo conocimiento sobre las líneas y los horarios. En 1973 escribió el guion de un reportaje de la BBC en el que él mismo viaja a través de Metroland mostrando y describiendo, en tono nostálgico, rincones entrañables, casas señoriales, estaciones, colegios y clubes de golf. Las frases iniciales del guion, con rima en el original, están a la altura del mejor Betjeman:
Hija de la Primera Guerra Mundial, olvidada por la Segunda, te pusimos Metroland. Abandonamos nuestros esquemas atraídos por el lujo de los folletos, seguimos la llamada de carreteras secundarias, para construir por fin la casita de nuestros sueños, un empleado de ciudad convertido de nuevo en propietario rural, y conectado con la metrópolis por tren.[1]
En la estación londinense de St Pancras hay una estatua de John Betjeman, un reconocimiento a su decisiva participación en la campaña que en los sesenta evitó la demolición de esta joya de estilo neogótico victoriano que hoy acoge el Eurostar.

John Betjeman y el autor en St Pancras


[1] Child of the First War, forgotten by the Second, we called you Metro-land. We laid our schemes lured by the lush brochure, down byways beckoned, to build at last the cottage of our dreams, a city clerk turned countryman again, and linked to the Metropolis by train.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Aullidos y sangre en el tren

Estos días puede verse en las plataformas digitales la película británica Howl (2015, Aullido) que, como la referida en el post anterior, combina trenes y terror. Se trata de una producción encarada directamente al mercado de video y telefilme del director Paul Hyett.

El protagonista es un revisor de tren que, al llegar con su servicio a la estación londinense de Waterloo, recibe dos malas noticias: que le han denegado un ascenso y que debe doblar turno en un tren nocturno a Innsbruck. La parte femenina la encarna una amiga suya que es la encargada del carrito de los refrescos en el tren. Es noche de luna llena, el tren se detiene porque ha atropellado un venado, el maquinista baja a hacer una inspección ocular y desaparece, no hay cobertura telefónica en la zona, unos extraños seres aúllan alrededor del tren…


Ajustándose al mismo esquema que utilizan Train to Busan y tantos otros filmes, el guion se basa en el terror que produce los ataques de los monstruos y en las distintas reacciones de los viajeros ante la amenaza y la necesidad de cooperar y ayudarse los unos a los otros. Nada nuevo bajo el sol, la película tampoco es gran cosa, pero tiene un cierto interés para el aficionado ferroviario.


Ante todo, resulta simpático ver a los trenes de South West Trains disfrazados de la supuesta compañía Alpha Trax, pero conservando sus colores habituales, no en vano se usaron como localización las estaciones de Waterloo y de Croydon. El convoy que supuestamente va a Innsbruck tiene los asientos longitudinales, como si de un cercanías se tratara.


Cuando el tren se detiene por el atropello del animal, representa que el personal no tiene manera de comunicarse con el centro de control, pasa la noche entera y nadie acude a ver qué le ocurre al tren que no ha llegado a la estación siguiente cuando se le esperaba. En definitiva, una acabo sonriendo y meneando la cabeza. Sin embargo, la película tiene algo de encantadora, tanto por lo ingenua, como porque recuerda el ambiente de las de la época del profesor Bernard Quatermass.

viernes, 13 de enero de 2017

Train to Busan: Zombis en trenes coreanos


Está en las cartelera la película 부산행 (2016, Train to Busan, Estación zombie: Tren a Busán) del director surcoreano Yeon Sang-ho presentada en Cannes el año pasado.

Estamos en Seúl y diversos pasajeros toman un tren de alta velocidad con destino a Busán, la segunda ciudad de Corea del Sur. Entre ellos se cuenta un padre muy ocupado que lleva a su hija a ver a su madre, un equipo de béisbol juvenil, una pareja de señoras maduras, un empresario con humos, una pareja con ella embarazada, un polizón que se cuela y, atención, atención, una chica con una mordedura en la pierna.


La niña ve por la ventanilla que algunos pasajeros son atacados en el andén. Por la televisión de abordo los noticiarios hablan de revueltas y epidemias. La chica con la mordedura se levanta con los ojos entelados y ataca. ¡Ya tenemos un tren en marcha con zombis atacando a los pasajeros!


A partir de aquí arranca el argumento, que no desvelaremos, de una película de género zombi en escenario ferroviario. La crítica, la taquilla y el público le dan un notable alto por lo que a la tensión dramática y al tratamiento de los tópicos zombis se refiere. Desde el punto de vista ferroviario, también lo merece.


Casi la totalidad el metraje está ubicado en el interior del KTX (Korea Train eXpress), algunas escenas tienen estaciones o playas de vías como escenarios y, el tramo final, se desarrolla en una locomotora tipo Alco de Corail. Trenes y estaciones lucen, las tomas de las circulaciones son de calidad y las muchas escenas en el interior de los coches tienen buenos encuadres y explotan la casi totalidad de los elementos equipados en el tren. También es interesante el tratamiento que se da a la manera de trabajar del personal de la compañía ferroviaria.


Esta película, como todas las de género, requieren una cierta complicidad del espectador, y una vez concedida, resulta bastante equilibrada en lo que respecta a las dosis inevitables de sangre (pero no intestinos), suspense (pero no golpes de efecto forzados), sentimentalismo (es una película con niña, pero no se abusa de ello) y crítica moral que muestra las distintas reacciones de los viajeros (hay buenos y malos, solidarios y egoístas, pero también evolución).


En definitiva, una diversión recomendable para los aficionados ferroviarios.


lunes, 2 de enero de 2017

Regalos de Reyes para aficionados al ferrocarril


Se acerca el día de Reyes y, como en años anteriores, uno se pregunta ¿qué diablos le regalo a N, mi pariente ferroviario o aficionado a los trenes? Este pasado año de 2016 han aparecido dos libros que pueden ser el obsequio ideal: Trenes de libros, de Pedro Sanz Legaristi y Erotismo y ferrocarril de Jordi Font-Agustí.

Trenes de libros es un ensayo escrito desde la pasión por el ferrocarril y el conocimiento de la historia de las sociedades en las que se desarrolló. Durante años, su autor ha ido recogiendo y clasificando una cantidad ingente de citas literarias en las que se habla del ferrocarril, y todo este material le ha servido para ilustrar y documentar las miradas, deseos, prevenciones, maniobras, placeres y disgustos que este medio de transporte y comunicación ha proporcionado y provocado en nuestra sociedad. El libro (224 páginas, 11 ilustraciones) se divide en cinco capítulos que abordan el impacto social, la implantación, el hecho del viaje, la vida en el interior de los vagones y las estaciones. Después del viaje por los textos de los escritores seleccionados y por las reflexiones del autor, el libro concluye con un decálogo de conclusiones.

Erotismo y ferrocarril propone un ameno viaje, amenizado con 150 ilustraciones, por todas las variantes de la relación entre el ferrocarril i el erotismo tal y como las han recogido la pintura, el cine, la literatura, los cómics, la música y la fotografía. El ensayo muestra cómo, desde el momento mismo de su puesta en funcionamiento, el ferrocarril se asoció a la posibilidad de vivir toda clase de aventuras: profesionales, vitales y también eróticas. La literatura, la pintura, el cine y los cómics, tanto la producción popular como la culta, captó enseguida las oportunidades que ofrecía el nuevo medio de transporte como espacio para el encuentro, el flirteo y la peripecia. Sea en los trayectos de cercanías, en los viajes nocturnos en coche-cama, en los trenes turísticos de lujo o en los de alta velocidad, la posibilidad de la aventura siempre viaja en tren. Desde las relamidas postales del siglo XIX hasta el cine erótico del XXI, hay todo un universo en el que arte, erotismo y ferrocarril están íntimamente unidos.

Estos dos libros pueden ser adquiridos en la web de la editorial Maquetren, que es la que los ha publicado: Trenes de libros / Erotismo y ferrocarril.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Trenes, arte y literatura en la revista Litoral



El número 262 de la revista de poesía, arte y pensamiento Litoral está dedicado al ferocarril. Trenes. Arte y literatura, editado con la exquisita presentación habitual, se abre con un prólogo de Lorenzo Saval que justifica la elección del tema, y un estudio de Juan Manuel Bonet que se centra en la pintura, sobretodo de las vanguardias, y hace alguna breve incursión en el terreno de la literatura y la música. El resto está dividido en 33 secciones con títulos como Locomotoras, Vagones, Andenes, Besos de ida y vuelta, Soñando a bordo, Mirando el paisaje, Ver pasar trenes, etc, en cada una de las cuales se antologan poemas, microrelatos, fragmentos de prosa, pinturas, carteles y fotografías. Se inserta un artículo sobre cine y ferrocarril y otro sobre los trenes en los cómics.

El resultado es un volumen que apetece degustar sin prisa y al que el aficionado ferroviario acudirá a menudo en el futuro buscando recreear las revelaciones de la primera lectura o ilustrar con poesía y arte sus propias experiencias ferroviarias. Si algo se echa en falta es algún artículo más que explote esta magnífica colección de materiales.

Así se presenta el número en su contraportada:
La primera noticia de un sistema de transporte sobre raíles fue una línea de tres kilómetros que se utilizaba para mover botes sobre plataformas a lo largo del istmo de Corinto en el siglo vi a. C. Hasta 1811 no se diseñó una locomotora funcional que facilitó la apertura en 1830 de la primera línea interurbana entre Liverpool y Manchester. De ahí a los monorraíles terrestres o suspendidos que otorgan carta de naturaleza a la greguería en la que Gómez de la Serna equiparaba el ferrocarril con la oruga. Y es que la literatura siempre mostró fascinación por el mundo ferroviario.
La metáfora del tren y sus estaciones como transcurso de la existencia sigue presente en la mente de autores y lectores. Lo decía Apollinaire: «Un tren / Que pasa / La vida / Fluye». Tras los monográficos dedicados a barcos (Líneas marítimas, nº 254) y aviones (El arte de volar, nº 256), Litoral se ocupa del medio de transporte romántico por antonomasia, el que más pasiones literarias levanta. El número se ordena al modo de un viaje al ritmo de poemas y microrrelatos que cuentan historias sobre el humo, el vapor y los silbatos de las locomotoras; sobre guardavías y revisores; estaciones y andenes, billetes y equipajes; sobre pasajeros que leen, duermen y se enamoran en el trayecto; sobre trenes que circulan entre niebla, lluvia y nieve, trenes fantásticos y trenes fantasma; sobre el tranvía y el metro.
Los trenes de juguete nos devolverán a la infancia perdida y viajaremos a bordo del mítico Orient-Express guiado por la mano maestra de Mauricio Wiesenthal. Pocas situaciones tan nostálgicas como las despedidas a pie de vagón, y tan gozosas como el recibimiento tras una larga ausencia. En torno a estas emociones escriben Pilar Adón, Guillermo Busutil, Cristian Crusat, Margarita Leoz, José María Merino, Sara Mesa, Gemma Pellicer y Miguel Á. Zapata. Otros pasajeros ilustres en este viaje literario son Enrique Vila-Matas y Juan José Millás.
El arte también se enamoró del ferrocarril. Desde Lluvia, vapor y velocidad (El gran ferrocarril del Oeste), pintado por Turner en 1844, hasta la vanguardia actual el tren sigue dando mucho juego visual. Juan Manuel Bonet recorre las estaciones de este trayecto artístico, y Ana Merino y Francisco Griñán escriben sobre el rastro del ferrocarril en el cómic y el cine, respectivamente.
Afirmaba Kafka que el paso del tren causaba pasmo entre los espectadores. No ha cambiado mucho nuestro estado de ánimo ante esta situación, así que no dejen pasar la oportunidad de subir al tren de Litoral.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Viajes desesperados hacia el norte


En el siglo XXI, cuando pensamos en migración en tren, nos vienen a la mente los desplazados por la guerra de Siria intentando subir a los convoyes que les lleven a Europa y en los migrantes que intentan llegar a los Estados Unidos abordando los trenes de mercancías que circulan hacia el norte por Centroamérica. El cine mexicano ha recogido este tema en múltiples ocasiones.

En 1987, el director Fernando Durán Rojas, rodó El vagón de la muerte. Cuatro hombres, uno de ellos con su hija y su hijo, viajan ilegalmente a Estados Unidos. El traficante les facilita el acceso a un vagón y durante el viaje sabemos de las motivaciones de cada uno de ellos para emprender el viaje. El niño, que fue mordido por un perro, manifiesta síntomas de rabia. El ambiente se crispa, aparecen rencillas. A la llegada, no pueden abrir la puerta del vagón. El niño muere, se desate la violencia, la locura… La película es floja y se centra más en los aspectos sórdidos que en el tema social de fondo. Aquel mismo año, en Tejas, dieciocho migrantes mexicanos fueron encontrados asfixiados dentro de un vagón de carga del Missuri Pacific que había partido de la estación de El Paso y que alguien, con o sin conocimiento de la presencia de los polizones, cerró herméticamente. 


El cine mexicano también ha producido dos buenos largometrajes documentales sobre el tema, La frontera infinita (2007), de Juan Manuel Sepúlveda, y El albergue (2012), de Alejandra Islas Caro sobre la labor del sacerdote Solalinde. Ambos muestran el drama personal de los migrantes y los abusos a que son sometidos durante su viaje a lomos de “la bestia”.


De nuevo en el terreno de la ficción, en 2009 Cary Jôji Fukunaga estrenó Sin nombre (2009), una dura película que narra el viaje de una adolescente que intenta llegar a los Estados Unidos en compañía de su padre y, en paralelo, los problemas de un joven que pertenece a una mara. Los migrantes que viajan en los techos de los vagones de mercancías afrontan los peligros del tren, las inclemencias del tiempo, intentan evitar los “migras” y sufren los asaltos de las maras que les quitan lo poco que tienen. En el tren, las vidas de los dos adolescentes coincidirán con un resultado trágico. El argumento, muy bien escrito, no hace concesiones al melodrama y muestra la dureza de la vida de los desfavorecidos.


También son adolescentes los protagonistas de La jaula de oro (2013), de Diego Quemada-Díez. Cuenta la historia de un chico y de una chica que salen de su pequeño pueblo guatemalteco con destino a los Estados Unidos; a ellos se une un chico indígena que no habla español. El argumento, menos elaborado que el de la película anterior, nos relata las vicisitudes de los adolescentes, sus latrocinios para sobrevivir, las persecuciones de la policía, la falta de entente entre ellos, el secuestro de la chica y de otras mujeres en manos de una mara, la comida en un centro de acogida (cameo del padre Solalinde incluido), los secuestros exprés, los francotiradores americanos… Los tramos finales de la película pierden narratividad, dejan cabos sueltos y se acercan al docudrama en su interés por hacer inventario de los peligros y atrocidades que sufren los migrantes, pero el balance global es positivo y sobrecogedor.


En definitiva, buen cine mexicano que conviene ver si uno no quiere acabar viendo el mundo sólo desde el punto de vista de los privilegiados del norte.

Fotograma de La jaula de oro

martes, 15 de noviembre de 2016

Relatos ferroviarios en Lecturas: El guardabarrera


La revista Lecturas apareció en 1921 como suplemento de la popular El Hogar y la Moda y se convirtió en publicación independiente en 1925. Por aquellos años solía incluir relatos de autores nacionales y extranjeros convenientemente ilustrados por los dibujantes de la casa. Algunos de los relatos eran de tema ferroviario.

El primero de ellos apareció en el número inaugural, se titulaba El guardabarrera y su autor era François Coppée. No se indica la fecha de la redacción, pero sabemos que Coppée murió en 1908 y que fue un autor muy popular en Francia gracias a sus poemas y relatos de tema popular y sentimental. Las ilustraciones llevan la firma Calderé.

El guardabarrera narra como el tren en el que viaja la reina de Bohemia se ve detenido por la nieve acumulada en la vía. La soberana “viaja en el incógnito más estricto y más modesto, bajo el nombre de Condesa de Siete Castillos, acompañada solamente de la vieja Baronesa de Georgenthal, su dama de lectura, y del general Horschowitz, su gentilhombre de honor.” Va a París a visitar a su madre, reina viuda exiliada de Moravia, para llorar sobre sus hombros sus penas de amor, pues su marido el rey había arrasado la felicidad y devoción con las que se había casado con él. “Seis meses de engaño y de ilusión, seis meses apenas, y después, un día, en pleno embarazo, un azar brutal le hizo saber que estaba equivocada, que el rey no la amaba, que no la había amado nunca y que al día siguiente mismo de la boda había cenado en casa de la Gacela, la primera danzarina del teatro de Praga, una cualquiera. ¡Y no era esto solo! Entonces supo lo que únicamente ella ignoraba: el antiguo enredo de Ottokar con la Condesa de Pzibrann, de la que había tenido tres hijos, a la que no había dejado en medio de cien locuras, y de la que tuvo la audacia de hacer la primera dama de honor de su esposa.” La reina tiene un hijo, pero había empezado a mirarlo con frialdad a causa de los engaños del hombre que lo había engendrado y de la rigidez de la corte que hacía que nunca pudiera estar a solas con él, de manera que cada vez eran más frecuentes sus viajes fuera de Praga.

Detenido el tren, la reina y sus dos acompañantes se refugian en la caseta de un humilde guardabarrera. El hombre tiene una hija de tres años (sic), cuya madre los ha abandonado, y a la que se niega a dejar en manos de terceros y cuida con esmero a pesar de su esclavo trabajo. “Por la noche no tengo más remedio que dejarla ahí, chillando y llorando, cuando oigo silbar el tren. De día, en cambio, la llevo conmigo, y es muy valiente la pequeñina; no le tiene miedo al ferrocarril... Mire usted: ayer "la tenía sobre el brazo izquierdo, mientras con la mano derecha presentaba mi banderín; pues bien: ni siquiera se estremeció al paso del rápido...”

La reina se enternece y toma en brazos a la criatura. “¿Se sabrá nunca lo que pensó la joven Reina de Bohemia en aquella noche de invierno en que acunó durante una hora a la hija de un pobre guardabarrera?”.


La línea queda expedita y el tren retoma la marcha, pero antes de subir a su compartimento, la reina deja “sobre la cuna de la pequeña Cecilia su portamonedas lleno de oro, y el ramito de violetas que llevaba a la cintura”.

Transformada por la experiencia, “su Majestad no ha pasado más que dos días en París. Ha regresado en seguida a Praga, de donde ya no se ausenta nunca y donde se consagra por entero a la educación de su hijo. Si todavía hay reyes en Europa cuando el pequeño Wladislas sea hombre, será el que no ha sido su padre: un buen rey. A los cinco años es ya popular, y cuando viaja con su madre en esos vagones ferroviarios de Bohemia, que marchan como coches de plaza, al ver por la ventanilla del coche-salón a un guardabarrera que lleva un crío al brazo y que presenta con el otro su banderita, el augusto niño, al que su madre hace una seña, le envía siempre un beso.”

La primera frase, “Su Majestad la Reina de Bohemia – porque siempre habrá un reino de Bohemia para los cuentistas – viaja en el incógnito más estricto…”, reconoce que el relato se sitúa en un entorno mitificado, que no es otro que el imperio austrohúngaro del que la actual Chequia formaba parte en aquellos tiempos. El decorado lo forma una sociedad estratificada, ferroviarios orgullosos de su trabajo y estrictos cumplidores del reglamento y una corte con varios círculos de aristocracia.

En los años en que se escribió el texto, el imperio austrohúngaro ya estaba rodeado de un halo de decadencia, y cuando se desmoronó en 1918 después de la Primera Guerra Mundial, pasó definitivamente al limbo de la nostalgia. François Coppée, a pesar de su clara fascinación por el régimen monárquico y su moral estricta, anticipó su final y su uso como lugar común literario.


jueves, 3 de noviembre de 2016

La cadena del guardabarrera


El texto del pie de la ilustración dice lo siguiente:
DILEMA
–Ya lo veo: tengo cadena para toda la vida; y si me despisto y pasa alguna desgracia, tengo cadena perpetua.
La portada corresponde al número de 30 de octubre de 1920 de una revistilla para niños que se publicaba en Barcelona desde 1903. Era muy popular y su dibujante estrella era precisamente Junceda, el autor de este dibujo.

Junceda por estos años ya realizaba un dibujo muy esquemático que resaltaba los aspectos más costumbristas y el trasfondo social de las situaciones o espacios que representaba; la portada que hoy rescatamos es un buen ejemplo de ello.

La composición del dibujo se centra en el espacio vacío en el que se cruzan la vía del tren y el camino, y a su alrededor se desgranan el resto de elementos: la caseta humilde, pero con las flores trepando por ella para darle un poco de vida, la guardesa en segundo término con el banderín, la escasez del sueldo representado por las alpargatas y el parche en el pantalón, la posición del guardabarrera que transmite rutina y cansancio…

En definitiva, una ilustración que nos recuerda la dureza, responsabilidad y soledad de uno de los oficios ferroviarios más monótonos y esclavos.