viernes, 16 de febrero de 2018

Didáctica de la locomotora en recortables


Antes de la invención de la informática y de los extraordinarios recursos que aporta a la docencia, los que habían de formar a los ferroviarios utilizaron con frecuencia recortables para explicar la estructura de las locomotoras, la función de las partes móviles y los interiores de los elementos constitutivos.

Esta lámina corresponde a un "cambio de marcha para locomotora" y es la número 42 de la serie a la que pertenece.

Puede que algunos ferroviarios recueden este tipo de material didáctico, pero también es posible que los más veteranos lo recuerden, aunque de otros campos del conocimiento, de sus años escolares.




En la entrada del 15 de abril de 2014 ya hablamos de otra elemento didáctico antiguo: la cartoteca. Preesentamos un ejemplar que se conserva en la Escuela Industrial de Barcelona que se utilizaba para enseñar vocabulario ferroviario en francés.

jueves, 1 de febrero de 2018

Y la joya de la corona... bibliográfica


Quizás las más bellas páginas de didáctica ferroviaria de la colección de este bloguero sean las dedicadas a la locomotora en la Encyclopédie Practique de Mécanique et d'Électricité en tres tomos, dirigida por Henri Desarces y publicada en París en 1928 por Aristide Quillet.

En ella hay gráficos magníficos, similares a los que hemos visto en las entradas anteriores, he aquí un par de ejemplos:

 

Pero la singularidad de esta obra son sus los desplegables en color. Cada capítulo tiene los suyos (máquinas de vapor, motores, estructuras, variadores de velocidad, transformadores, etc) y éste es el relativo a la locomotora. Paso a paso, a medida que vamos levantando las capas, vamos descubriendo los intersticios de la màquina:







martes, 16 de enero de 2018

Otra joya bibliográfica ferroviaria


Esta ilustración es una de las muchísimas que pueblan el libro La máquina de locomotora de Edouard Sauvage publicado por la librería Penella y Bosch de Barcelona en 1905. Es un volumen de 13 x 20 cm , 426 páginas y encuadernado en cartoné tela y engofrados en oro.

El autor ((1850-1937) fué ingeniero en varias compañías ferroviarias francesas, profesor de construcción de máquinas en la Escuela de Minas de París, ingeniero jefe honorario de los Chemins de fer de l'Etat y profesor del Conservatoire National des Arts et Métiers.

El traductor al castellano fue también alguien muy relevante en el mundo ferroviaro del momento: Luis Zurdo Olivares, maquinista, agente de Norte, inspector general de los servicios técnicos en el Sindicato Internacional de Transportes y director de las revistas La Tracción y La Tribuna Ferroviaria.



Las ilustraciones, tomadas todas de la edición francesa, son en su mayoría esquemas y planos constructivos, su extrema precisión y lo cuidado de la reproducción hacen del libro una pieza valiosa para los coleccionistas de libro antiguo ferroviario. Algunos dirán que tienen el encanto de ser dibujos técnicos hechos a mano, pero habrá quien les replicará que con las aplicaciones de dibujo asistido por ordenador también puede crearse belleza.






La última página del ejemplar del libro que se ha fotografiado, que pertenece a la biblioteca de este bloguero, tiene una pequeña sorpresa. ¿La ven?


lunes, 1 de enero de 2018

Cuando un libro técnico es una pequeña joya


Es probable que en algunas bibliotecas de antiguos institutos politécnicos, en un rincón no visitado o en el almacen del fondo histórico, descansen merecidamente algunos libritos de la Biblioteca del Electricista Práctico. Con suerte, habrá un ejemplar del número 29 titulado Tranvías y Ferrocarriles Eléctricos.

Se trata de una colección de 30 volúmenes editados durante las dos primeras décadas del siglo XX por Calpe / Gallach Editor, cabían en el bolsillo del momo de un electricista (17,5 x 10,5 cm), estaban encuadernasdos en tapas duras y tenían una media de 175 páginas por tomo. La colección fue dirigida por Ricardo Caro y Anchía y fueron diversos los autores. Al final de esta entrada se reproducen los títulos de la colección, pero el único que habla de trenes es el número 29 al que nos referimos.
El libro merece una relectura para cualquier aficionado a la historia del ferrocarril, pero también es de interés para el interesado en el arte ferroviario.

Con el paso de los años, muchos libros técnicos de finales del XIX y principios del XX se han convertido en pieza de colección no sólo por su contenido sino también por su tipografía, su composición, sus esquemas, sus foto y sus grabados. Es el caso de este Tranvías y Ferrocarriles Eléctricos. Hay poco que añadir y mucho que disfrutar:






TÍTULOS DE LA BIBLIOTECA DEL ELECTRICISTA PRÁCTICO:
1 ELECTRICIDAD Y MAGNETISMO, 2 CORRIENTES ALTERNAS UNIDADES, 3 PILAS ELÉCTRICAS, 4 DINAMOS DE CORRIENTE CONTINUA, 5 MOTORES DE CORRIENTE CONTINUA, 6 ALTERNADORES, 7 MOTORES DE CORRIENTE ALTERNATIVA, 8 TRANSFORMADORES Y CONVERTIDORES, 9 DEVANADOS DE GENERADORES Y MOTORES ELÉCTRICOS, 10 REÓSTATOS INDUSTRIALES, 11 ACUMULADORES, 12 AVERÍAS EN LAS MÁQUINAS ELÉCTRICAS, 13 LÍNEAS ELÉCTRICAS, 14 TRANSPORTE Y DISTRIBUCIÓN DE LA ENERGÍA ELÉCTRICA, 15 PARARAYOS, 16 CENTRALES ELÉCTRICAS, 17 CONTADORES DE ELECTRICIDAD, 18 MEDICIONES ELÉCTRICAS DE LABORATORIO, 19 MEDICIONES ELÉCTRICAS DE TALLER, 20 INSTALACIONES ELÉCTRICAS DE BAJA TENSIÓN, 21 ELECTROQUÍMICA, 22 GALVANOPLASTIA Y GALVANOSTEGIA, 23 ELECTROMETALURGIA, 24 LÁMPARAS ELÉCTRICAS, 25 TELEGRAFÍA ELÉCTRICA, 26 TIMBRES Y TELÉFONOS, 27 CENTRALES TELEFÓNICAS, 28 TELEGRAFÍA Y TELEFONÍA SIN HILOS, 29 TRANVÍAS Y FERROCARRILES ELÉCTRICOS, 30 ELECTROTERAPIA Y RÖENTGENOLOGIA

sábado, 16 de diciembre de 2017

Cubiertas con trenes V


Nueva entrega de la saga de cubiertas de libros con trenes. En esta ocasión nos fijamos en cubiertas que presentan el ferrocarril como algo fantasmagórico. Las de las ediciones del escritor polaco Grabinski se llevan la palma, pues en sus obras el ferrocarril nos es presentado como una interficie entre el mundo que cumple las leyes de la física y otro que permanece siempre en la zona oscura de la comprensión y de la ciencia. En otros casos, vemos cubiertas que presentan al tren como un elemento fantasmal, como un agente del mal e incluso como un escenario sangriento. A veces es un ferroviario el que tiene una apariencia inquietante; incluso un semáforo puede convertirse en un elemento a temer.
 














viernes, 1 de diciembre de 2017

L'herència japonesa, una novel·la ferroviària


Ben entrada la cinquantena, la Laura viu una vida ordenada i sense sotracs com a arquitecta municipal a Girona. Sense sotracs, però també sense estímuls. Fins el dia que, en ple estancament vital, rep la notificació d’una companyia ferroviària japonesa en què se li comunica que ha heretat un petit paquet d’accions. Aquesta notícia inesperada l’omple d’il·lusió i l’impulsa a agafar una excedència per fer un viatge sense data de retorn. Al Japó, descobrirà la història de dues dones de la seva família: la seva tia àvia, que hi va arribar en acabar la Segona Guerra Mundial casada amb un suboficial nord- americà i després va perdre tot contacte amb la família, i la filla d’aquesta, de qui ha heretat les accions, una dona que ha hagut de lluitar com a dona i com a mestissa per fer-se un lloc a la companyia ferroviària.

Quan ja es pensava que ho havia viscut tot, la Laura es veu immersa en una aventura vital que, si bé li farà descobrir una cultura llunyana i fascinant i l’obsequiarà amb una experiència eròtica vivificant, també l’obligarà a prendre decisions compromeses.

Aquí tens el primer capítol:




 JORDI FONT-AGUSTÍ

L’HERÈNCIA
JAPONESA



1
L’arbre que creixia al costat del petit estany exterior del bany termal s’inclinava per sobre la tanca de fusta i treia mitja copa al carrer just arran d’un fanal de l’enllumenat públic. Un vent fresc i prim de novembre movia les fulles i la llum les tenyia de clarobscurs fugissers amb els colors càlids de la tardor.
A la Laura, aquell carrer li havia agradat des del primer dia, la pulcritud extrema a la calçada i a les voreres, l’elegàn­cia i orientació dels fanals que feien que hom s’oblidés dels pals, les línies i els transformadors elèctrics que solcaven la ciutat un nivell més amunt, l’harmonia de la barreja de cons­truccions d’estil tradicional i modern a banda i banda, que semblava que fossin allí des de la fundació de la ciutat, la con­tinuïtat cromàtica dels arbres i arbustos que treien el cap rere les tanques dels jardins i, és clar, la impressionant entrada de la casa del capdamunt del carrer, la d’en Haruki Yamasaki, que semblava que presidís la vida calmosa de les altres des de la posició prominent que li donava el pendent.
Es remogué dins l’aigua sense deixar de mirar l’arbre i el fanal i se li acudí que els seus jocs de llums i ombres eren una bona imatge del seu estat d’ànim després del que havia viscut durant les darreres setmanes, les que anaven des de l’arribada a Girona de la comunicació d’en Haruki Yamasaki fins a les hores més recents passades amb ell.
De joveneta, quan baixà a estudiar a Barcelona i s’estigué en una residència de les Tres Torres plena de gironines, sortia a passejar sola a la nit pels carrers del barri perquè li agradava la sensació de misteri que li transmetien les tanques, les faça­nes i les portes de les cases. Anys després, quan ja s’escapava sola a ciutats del món, li agradava repetir el ritual de passejar pels barris benestants respirant-ne l’atmosfera enigmàtica i fantasiejant sobre la vida als interiors dels apartaments, les cases i les mansions. Totes aquestes sensacions li havien tor­nat de cop en enfilar per primera vegada aquell carrer. Que ara s’hi estigués hostatjada en un hotel tradicional, un riokan, convidada per en Haruki Yamasaki, era com si hagués pas­sat a la banda de dins. «Mirant a dins?», li pregunta l’home del tren del xampany de Possessed a una bocabadada Joan Crawford que no sap què respondre. «Direcció equivocada. Entra i mira cap a fora.» «Entrar a on?». «Oh, a qualsevol lloc. Tan sols “a dins”. Només hi ha dos tipus de persones: els de dins i els de fora.» La Laura sentia que s’havia esquitllat a dins, però la tanca, el fanal i l’arbre li recordaven que seguia sense poder veure completa l’escena de la seva aventura i que, de ben segur, no l’arribaria a veure mai.
Encongí les cames, les abraçà i les premé amb força contra el tors fins que sentí com s’estiraven els músculs dels malucs i de la part baixa de l’esquena; s’havia ressentit d’aquesta zona dilluns al matí al gimnàs i hauria hagut de fer els estiraments finals de rigor en lloc d’interrompre la rutina a les màquines per atendre la visita inesperada del senyor Tōdō. Notà amb més intensitat a l’entrecuix l’escalfor de l’aigua i, al cap d’un moment, sentí fred a la pell que hi cames, es tombà de panxa a terra i submergí el cap. En treure’l, sentí com li rodava i tornà a reclinar-se en el graó de pedra amb l’aigua fins a sota la barbeta. Volia concentrar-se, pensar sistemàticament, analitzar amb rigor i prendre una decisió definitiva, però, per altra banda, sentia que li estava fent bé, després d’uns dies tan intensos, deixar que la ment volés sola i lliure a la caça d’intuïcions que l’ajudessin a fer-ho.
Tot havia començat feia un mes i mig llarg en rebre a casa un document imprès en paper de qualitat, enviat per correu certificat i amb acusament de recepció, amb el text en japo­nès i en espanyol i amb una nota a peu de plana per dir que l’únic que tenia validesa legal era el primer. El senyor Haruki Yamasaki comunicava a la senyora Laura Guardans que la senyora Hana Kishaba, filla adoptiva del senyor Hiromu Kishaba i la seva esposa Midori, havia nomenat hereu univer­sal el familiar més proper i de més edat de la seva mare bio­lògica que tingués titulació universitària. El comunicat afegia que, fetes les comprovacions pertinents per mitjà del consolat japonès a Barcelona, s’havia establert que ella era l’hereva de la senyora Hana Kishaba i que, en conseqüència, tenia dret a prendre possessió de les accions que li corresponien de l’em­presa japonesa Horikawa-dooku Tetsudō, Ferrocarril del Moll de Horikawa (HDT). Una nota aclaria que la senyora Hana Kishaba era fruit de la relació carnal entre el senyor Hiromu Kishaba i la senyora Shion (Margarida) Guardans i que poste­riorment havia estat afillada pel matrimoni Kishaba. Per aca­bar, en Haruki Yamasaki, que era l’accionista majoritari de la Horikawa-dooku Tetsudō, la convidava a visitar-lo a Tòquio per conèixer la companyia ferroviària i parlar dels termes de la seva futura col·laboració. Adjuntava bitllets d’avió oberts i vals hotelers a compte de l’empresa, i còpies autenticades i amb traducció jurada del testament, del certificat de la notaria on era custodiat, del registre mercantil de la companyia i del cer­tificat del banc on eren dipositades les accions.
La tia àvia Margarida era una ombra llunyana per a tota la família Guardans. Era una contalla que, a força de repetir-se, havia quedat estàtica com les fotografies de la resta d’avant­passats que habitaven els mobles, sempre alerta des dels marcs historiats. Ningú de la família no havia tingut interès per investigar la seva història. Tots eren homes i dones de fei­na absorbent de dilluns a divendres i d’escapades els caps de setmana i les vacances; no hi havia ni joves amb inquietuds humanístiques ni vells amb l’impuls d’escriure’n les memò­ries. El record emboirat de la tia àvia havia estat un últim recurs quan la conversa dequeia a les trobades familiars, però amb els anys i l’arribada d’una nova generació de Guardans belluguets, graciosos i absorbents, ja no se’n parlava gairebé mai.
Se sabia i es repetia que la Margarida, única germana de l’avi Narcís, havia estat sempre molt ella, que als catorze anys va entrar a estudiar per a mestra a l’Escola Normal de Girona, que el desenllaç de la Guerra Civil li va estroncar la formació, que després havia anat a Barcelona per treballar a la confiteria que un parent hi tenia prop de la Comandància de Marina, que s’havia casat amb un suboficial hispà de la flota americana que havia conegut quan el seu vaixell féu es­cala al port de Barcelona per reparar avaries, que havia mar­xat a viure a Florida, que acabada la Segona Guerra Mundial els havien destinat a una base de les forces d’ocupació al Japó i que, si fins aleshores les notícies d’ella havien estat només una felicitació de Nadal amb quatre novetats escasses, al cap de poc de ser al Japó les noves s’acabaren.
En rebre la carta d’en Haruki Yamasaki, la Laura va inten­tar rastrejar la història de la tia àvia, però ni la seva germana ni el seu germà no recordaven res que ella no tingués pre­sent. Parlant amb ells s’adonà de com n’és de feble i difusa la memòria familiar, de com fem una informació essencial de les poques dades disponibles, per irrellevants que siguin, de com el subtil to de reconeixement o de menyspreu en un co­mentari informal dels pares pot assignar una valoració moral definitiva, de com s’acaba convertint el poc que se sap d’una persona en el relat de tota la seva vida com si no hi hagués cap probabilitat que hagués viscut una altra cosa. Ara lamentava no haver interrogat els pares sobre la tia àvia Margarida quan eren vius. La tia de Sant Feliu era la sola opció que quedava i l’anà a veure. Era l’única germana del pare, dos anys més jove que ell. Anà a viure a Sant Feliu en casar-se i allí seguia als seus lúcids 78 anys. Parlant amb ella, s’adonà que aquella branca de la família també havia fet una llegenda de la història de la Margarida, amb contalles idèntiques a les que havia sentit al pare, però també amb altres de diferents. La tia sabia que al­guna cosa greu havia passat al matrimoni perquè el seu pare, l’avi Narcís, havia rebut una carta de l’americà, enviada des del Japó, en què demanava a la família que intentés convèn­cer la Margarida que no sol·licités el divorci. Ella aleshores te­nia deu anys, no va llegir la carta, és clar, només la recordava a les mans dels pares i les converses en què especulaven sobre què devia estar passant, converses escoltades mig d’amagat o fent-se la distreta amb les joguines. La carta, si és que mai l’havia guardada ningú, havia desaparegut. No sabia del cert si el seu pare havia acabat escrivint a la tia Margarida ni si ha­via tingut resposta en el cas que ho hagués fet. A la tia també li semblava recordar que es deia que la Margarida no havia tingut fills amb l’americà. Del que sí que n’estava gairebé se­gura, pel que deia una nadala posterior, era que finalment se n’havia divorciat i s’havia quedat a viure al Japó. «I per què m’ho demanes ara, tot això, nena?». Aquesta era la pregunta que la Laura es temia des del principi de la visita; va estar a punt de dir-li que era pura nostàlgia, un efecte col·lateral de fer-se gran, però, quan va veure la brillantor d’intel·ligència i d’il·lusió als ulls de la dona, li’n va explicar el motiu. La tia no va fer cap comentari, només va somriure, com si li fes gràcia que arribessin noves inesperades del passat.
Històries familiars a banda, la comunicació d’en Haruki Yamasaki va ser una sacsejada que la va tenir bloquejada du­rant tres dies. Això la posà davant l’evidència que li feia por acceptar: que feia anys que no passava res d’especial a la seva vida i que ja no era res més que una arquitecta municipal ben entrada la cinquantena, separada, sense fills, sense projec­tes vitals i amb poca vida social fora de les trobades amb els membres del cineclub i de les superficials relacions que feia en la visita diària al gimnàs. Va parlar de la notificació amb la seva germana i el seu germà, que es van oferir a ajudar-la, però com que no tenien part a l’herència, no va voler embo­licar-los. Malgrat el trasbals, de seguida va tenir el sentiment que aquella inesperada i imprevisible comunicació era una possibilitat de sortir de la rutina, i quan el seu cos va comen­çar a experimentar els efectes subtils de la inquietud, els va percebre com agradables i estimulants.
No va trobar a Girona cap gabinet que la pogués asses­sorar sobre dret mercantil i empresarial japonès, al consolat a Barcelona la van rebre amb una atenció exquisida i li van explicar que, si algú al Japó havia testat en favor d’ella, tard o d’hora li arribaria una comunicació oficial des d’una notaria, i que era normal que l’empresa ferroviària s’hagués avançat avisant-la. Quan va preguntar com havia d’abordar la trami­tació, li van explicar quines gestions podia fer des del consolat i li van donar un llapis USB amb guies, normes i orientacions, però van acabar aconsellant-li que es busqués un assessor. Per mediació d’un col·lega dels serveis jurídics de l’ajunta­ment, va acabar a Barcelona, al despatx d’un advocat que era soci d’una empresa hispanojaponesa que es dedicava a la im­portació i exportació de vi i cava espanyols i sake i whisky japonesos, i que també negociava a la Borsa de Tòquio. A la tercera visita sortí del seu despatx amb unes idees bàsiques sobre dret mercantil japonès, consells per relacionar-se amb els empresaris nipons i un contracte de prestació de serveis de traducció i assessorament que oferiria a Tòquio el senyor Saburo Inoue, un dels socis corresponsals de l’advocat.
El senyor Saburo Inoue, ajustant-se a la data que la Laura li havia indicat per correu electrònic, no l’anà trobar a l’ho­tel fins al cap d’una setmana llarga de ser ella a Tòquio; a en Haruki Yamasaki també li havia comunicat formalment que estaria disponible a Tòquio a partir d’aquell moment. Havia volgut estar-s’hi deu dies sola per vèncer el jet lag, trepitjar el terreny pel seu compte i, sobretot, per assaborir els prolegò­mens de la inesperada aventura que la vida li estava oferint. Per primera vegada des que treballava, havia marxat de viat­ge sense data en el bitllet de tornada. S’havia acomiadat dels companys del cineclub i havia fet un berenar amb els ger­mans i els nebots, sobretot per acomiadar-se dels renebots perquè sabia que trobaria a faltar la mainada. Va fer llargues passejades, va visitar museus, va buscar i va contemplar edifi­cis d’arquitectes de renom que coneixia per les publicacions, féu una escapada a Kyoto, llegí llibres d’arquitectura i guies de viatge, s’inicià en la gastronomia i passà cada dia pel gim­nàs i pels banys de l’hotel. De seguida s’entusiasmà amb els rituals del bany japonès, la vestimenta per anar-hi, la dutxa prèvia asseguda al tamboret, les banyeres i basses a diferents temperatures; fins i tot havia convertit en un ritual demanar a la recepció un esparadrap per tapar-se la sargantana que duia tatuada al turmell. No havia estat mai abans al Japó, per als seus viatges havia triat gairebé sempre destins mediterranis i americans. Sense parar-s’hi a pensar, tenia associat el Japó al manga que cultivava el seu nebot petit i a quatre tòpics sobre samurais, geishes, tecnologia, terratrèmols, cinema i menjar. Ara, però, descobria que li estava agradant molt més del que s’havia imaginat i que era un destí adequat per a la seva edat i moment vital.
El cinquè dia de ser a Tòquio buscà la línia Horikawa-dooku en l’atapeïdíssima xarxa de metros, línies de circum­val·lació, rodalies, mitjana distància i trens bala que cobrien la ciutat i la seva àrea metropolitana com unes mitges de ma­lla cobreixen unes cuixes de carn compacta. La Horikawa-dooku Tetsudō, Ferrocarril del Moll de Horikawa (HDT), li havia dit la Viquipèdia, era una línia privada, fundada l’any 1923, que es va revitalitzar la dècada dels seixanta quan va allargar-se fins a la zona de la badia on s’estaven instal·lant indústries mecàniques i elèctriques que subministraven com­ponents a la gran aventura del tren bala, el Shinkansen, que en aquella època estava sorprenent el món i dient-li que la recuperació del Japó anava de veres. Amb els anys, s’havi­en anat establint al llarg de la línia noves indústries, edificis d’oficines, magatzems logístics, un parc d’atraccions i alguns barris residencials. La capçalera de la línia era a l’estació de Tamachi, al sud-est de l’anella amb què la línia Yamanote dels Ferrocarrils Japonesos cenyeix el centre de la ciutat. Era una estació de mida mitjana, neta i adotzenada, servida pels combois blancs i verds de la línia Yamanote, els blancs i blaus de la línia Keihin-Tōhoku i els verds i negres de la Horikawa-dooku. En aquell tram, les vies anaven a nivell de terra, bona part de les andanes eren cobertes i hi havia tot de passos ele­vats. Les tres línies compartien un vestíbul gran i lluminós amb botigues, restaurants i entrades directes a un parell de grans magatzems que s’aixecaven cel amunt als afores. L’accés a la línia Horikawa-dooku es veia més antic de construcció i més estret que el de les altres dues línies, però la decoració el distingia per la tipografia dels cartells i per unes formes senzi­lles però elegants que historiaven les capçaleres dels pilars, les motllures de les parets dels passadissos i les garites que ocu­paven els empleats. L’emblema de la companyia era un oval amb la silueta d’un tren sobre un moll i les lletres H, D i T a l’aigua com si en fossin el reflex. Al vestíbul hi havia una ras­tellera de màquines de vendre bitllets, una oficina d’atenció al públic, un parell d’establiments de menjar i màquines de begudes. Va comprar un bitllet d’anada i tornada fins a l’úl­tima estació, va passar el torniquet i va entrar a les andanes on operava la companyia. N’hi havia dues que donaven ser­vei a un parell de vies actives i a una de maniobres; totes tres vies morien allí mateix. Els cartells i les pantalles donaven la informació en japonès i en anglès. Just quan la Laura trepit­jà l’andana, entrà un comboi movent l’aire i omplint l’espai d’una remor que encomanava sensació de control i seguretat.
Va fer el trajecte dreta al capdavant del tren, contem­plant a través del vidre el quefer del maquinista i mirant per la finestra frontal el que hi havia al davant i a costat i cos­tat de la doble via. El tren circulà durant una bona estona encaixat entre els darreres de les cases i els establiments que hi havia a banda i banda; de vegades semblava que estirant la mà se’n pogués tocar la roba estesa. Les quatre estacions d’aquest tram eren molt estretes. Després, s’eixamplà la zona ocupada per les vies i s’esponjà una mica més la successió de fàbriques i edificis alts. Era un dimarts a mig matí i hi havia força moviment de viatgers, de manera que deduí que a les hores punta devia anar de gom a gom. Just quan es comen­çava a veure l’aigua de la badia, el tren parà a l’estació del parc d’atraccions; en una via morta hi havia un tren antic, de fusta, pintat de color granat i amb els cartells només en japo­nès. Les sínies, les muntanyes russes i els cavallets del parc s’aixecaven al costat mateix de l’estació. Deduí que un cartell que hi havia a l’andana, i que també havia vist a l’estació cap de línia de Tamachi, vinculava el tren preservat amb sortides familiars al parc d’atraccions. La línia acabava a la quinzena estació, que era la més gran de totes i on hi havia els tallers, la platja de vies per estacionar els combois i l’edifici d’oficines de la companyia. Deambulà una estona per les instal·laci­ons, s’acostà a l’edifici d’oficines, tornà a l’andana, comprà un cafè en una màquina i s’assegué a veure la circulació dels trens. La sorprengueren els protocols dels empleats ferrovi­aris, uniformats i assenyalant amb els seus guants blancs els semàfors, els horaris i els rellotges en donar ordres de sor­tida o posar en marxa els combois. Al cap de cinc dies de ser al país ja s’havia adonat, viatjada com era, que aquell era més impenetrable que qualsevol altre dels que havia visitat. Estava acostumada que amb el castellà, el francès, l’alemany i l’anglès podia entendre’s mitjanament bé arreu, però allí no semblava que pogués ser així. Agafà un tren de tornada i ara no es fixà en les estacions i en els edificis propers sinó en el paisatge: una successió inabastable d’edificis alts, naus indus­trials immenses, vaixells enormes amb contenidors, grues, autopistes a diferents nivells, habitatges atapeïts i trens que circulaven per tot arreu a tota hora. Va baixar a algunes de les estacions intermèdies a l’atzar i es va quedar a l’andana men­tre passaven un o dos combois, mirant els edificis del voltant, observant els viatgers, contemplant el protocol dels empleats i escoltant la musiqueta com de dibuixos animats que sonava anunciant la sortida del tren.
Fou en una d’aquelles estacions que li vingué al cap Lost in Translation. Li havia costat d’empassar, però aleshores en­tengué què volia expressar Sofia Coppola. En aquella estació enmig de l’immens Tòquio s’havia sentit petita i desempara­da, però també segura i confortable; una barreja estranya que li havia provocat un pessigolleig molt agradable a l’estómac.

Primera edició: novembre de 2017
© Jordi Font-Agustí, 2017
© D’aquesta edició:
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Riego 13 - 08014 Barcelona
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Il·lustració de la coberta: Quim Gual
ISBN: 978-84-947318-1-5
Dipòsit legal: DL B 25592-2017
Impressió i enquadernació: Safekat

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jueves, 16 de noviembre de 2017

Maquetas en relatos y películas & III



En las dos entregas anteriores vimos maquetas ferroviarias utilizadas para caracterizar a sus propietarios, y maquetas que eran como mundos paralelos donde se refugiaban los personajes. La tercera y última parte la dedicaremos a maquetas que tienen una clara función de metáfora, sea de algún personaje, sea del mundo en que éste vive.

Un ataque a la maqueta de alguien es como una agresión a su persona, mucho más que una arremetida contra su mascota o contra su coche. Es algo parecido a lo que ocurre con los jardines. Maquetas y jardines acumulan muchas horas de dedicación y es inevitable que su constructor proyecte en ellos su personalidad y sus sueños; si los bonsáis acaban tomando la forma del alma de su cuidador, las maquetas son una imagen del mundo tal y como lo quisieran sus dueños.

En la película Život je čudo (2004, La vida es un milagro) de Emir Kusturica, el protagonista es un ingeniero ferroviario que sueña con convertir en atracción turística una rama secundaria. La Guerra de los Balcanes hace su empresa imposible, pero él sigue trabajando, tanto en el trazado real como en su maqueta. Su mujer se enfada cuando el hijo es llamado a filas y se marcha. Los milicianos dejan a su cargo una mujer rehén. La relación que ambas mujeres tienen con el ingeniero pasan por la maqueta: la mujer la ataca cuando se enfada, la rehén se apasiona con ella cuando se enamora de su dueño.

Más allá están las vías. Relucen como nervios estirados y chispeantes entre piedras gastadas. El paso subterráneo al otro anden rebozado de baldosines emblanquecidos por un neón que se agota en un cartel borrado e inútil.
Esta magnífica descripción pertenece al relato breve Papá Noel de Julio Frisón (1993). La voz narrativa describe con todo detalle una estación que acaba siendo la de una maqueta que un padre emocionado enseña a manejar a su hijo. En este caso es, para el padre, metáfora del pasado que ya no volverá.

Mucho más calado tiene la maqueta que aparece en la película Europe (1991, Europa) de Lars von Triers, toda ella de interés ferroviario. Asistimos a los problemas de Leopold Kessler, un americano de origen alemán que acude al Berlín ocupado para trabajar de conductor de coche-cama; en su decisión hay mucho de deseo de reconstruir el país, pero será seducido por Kat, la hija del empresario ferroviario Max Hartmann, e implicado en las acciones de los partisanos nazis. Kat le muestra a Leopold una magnífica maqueta ferroviaria que Max le regaló a su hijo Larry, pero que éste no ha usado nunca. La maqueta es como una metáfora de la Alemania nazi, Max ha mirado siempre el país como si de una maqueta ferroviaria se tratara y ha actuado en todo momento en consecuencia a su visión, colaborando primero en la deportación y ahora con los ocupantes americanos. En una escena cargadísima de significado, la del fotograma que abre esta entrada, Kat y Leopold se aman por primera vez sobre la maqueta y cuando Max se suicida en el piso de arriba abrumado por sus contradicciones, el tren de la maqueta descarrila.

La más demoledora de las películas con maqueta es el telefilme alemán Liebe, Tod und Eisenbahn (1989, Amor, muerte y trenes) dirigido por Gert Steinheimer. Una pareja joven se muda a un edificio de apartamentos propiedad de un matrimonio mayor. Se supone que el hombre ha abandonado su afición a los trenes de miniatura, una adicción que, según su esposa, puede acabar con cualquier matrimonio. “Estos trenecitos… son monstruos,” le dice la experimentada a la joven, “destruyen matrimonios en unos pocos instantes. Yo le seguí el juego durante más de cuarenta años, hasta que un día, por fin, se me acabó la paciencia. O yo o estas locomotoras eléctricas, que se definiera. Fue entonces cuando se deshizo de toda esta basura, pero, aun así, no ha quedado curado.” Pero el casero conserva una maqueta oculta en el techo: “Esta maqueta la construí en el invierno del ochenta y cuatro, mi mujer estaba en el hospital debido a sus cálculos renales. No ha logrado descubrirla. Ahora vivo esperando sus próximos cálculos renales”. A base de regalarle un equipo básico, el casero inicia al joven esposo en la afición. Éste se deja absorber tanto por los trenecitos, que acaba perdiendo la apetencia sexual por su mujer. Ella intenta aficionarse a los trenes y busca todo tipo de maneras de seducirle y ponerle celoso, pero todo es en vano y la historia deriva hacia un truculento final que parece inspirado en el de Small Town (La maqueta) de Philip K. Dick.


Si en La vida es un milagro la maqueta era metáfora de los desencuentros con la mujer i los encuentros con la rehén, ahora lo es del hastío del matrimonio mayor y de los problemas de una joven pareja que tienen poco en común.

En definitiva, las inofensivas maquetas son mucho más que un diorama, vías, trenes i tecnología de control, pueden ser la representación del paraíso o, como decía la casera, monstruos.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Maquetas en relatos y películas II


Si en Les scrupules de Maigret o en Addams Family las maquetas ferroviarias eran utilizadas para caracterizar a sus propietarios como personas un poco infantiles, excéntricas o poco sociables, su uso es algo distinto en las historias en las que la maqueta es el refugio de un personaje, aunque las fronteras en el arte siempre son un poco difusas y las maquetas pueden cumplir diversas funciones dramáticas.

Philip K. Dick, el autor de ciencia-ficción que ha escrito textos imprescindibles como Minority Report o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Blade Runner), publicó en 1954 el relato de fantasía Small Town (La maqueta). El protagonista es un hombre desesperanzado, harto de su trabajo sin proyección, que se refugia cada noche en el sótano de su casa donde tiene una inmensa maqueta ferroviaria que reproduce su ciudad hasta el mínimo detalle. El día que se despide de la empresa y, al llegar a mediodía a casa, encuentra a su mujer en brazos de su médico, baja al sótano y empieza su trabajo definitivo en la maqueta: transformar la ciudad a su gusto, huir a ella y arrastrar tras de sí aquellos de los que quiere vengarse. En un momento del relato, la mujer lleva al doctor al sótano para mostrarle la maqueta y mantienen este diálogo:
–Me parece que no falta nada (del pueblo) –comentó Madge–. ¿Te imaginas a un hombre adulto jugando con trenes a escala?
–Potencia. –Tyler empujó una locomotora por la vía–. Por eso atrae a los chicos. Los trenes son objetos grandes. Enormes y ruidosos. Símbolos de la potencia sexual. El niño ve el tren corriendo por la vía. Es tan inmenso e inhumano que le asusta. Después, le regalan un tren de juguete. Lo controla. Lo obliga a moverse y a parar, a correr y a frenar. Él lo gobierna. El tren responde a sus indicaciones.
El propio Dick escribió a propósito de este relato: “El protagonista inicialmente aparece como el prototipo del ser humano impotente, pero esto oculta un impulso en su interior que es todo menos debilidad. Es como si estuviera diciendo: "La persona puesta en peligro puede ser muy peligrosa".


Más calado psicológico tiene la obra del escritor inglés Dennis Potter, autor de los guiones del telefilme Schmoedipus (1974) y de su posterior versión para la gran pantalla Track 29 (1988, Ruta 29). El protagonista masculino es un médico que se refugia en su maqueta ferroviaria para no atender a su esposa. La mujer está desequilibrada y lleva una vida tediosa y nublada por el alcohol hasta que llega un joven extraño que dice ser el hijo que tuvo de adolescente y que dio en adopción. Entre la mujer y el joven se establecerá una relación que oscila entre el reencuentro y el incesto. En un momento dado, ella cultiva la fabulación de destruir la maqueta ferroviaria del marido, un acto que sería el contrapunto a una declaración de éste: “Si algo he aprendido bien es que las mujeres y los trenes no combinan”.

Adentrándose también en el terreno de la fantasía, Jaime de Armiñán publicó en 1988 el relato Morse, pólvora, carbonilla y sándalo. Un vigilante del museo de ferrocarril oye como se dispara un viejo aparato de morse y para descifrarlo, consulta un antiguo empleado ferroviario. El mensaje es de un hombre que, a disgusto con el mundo y con su familia, se hizo pequeño, se metió en su tren eléctrico, se dirigió a a Shanghai para salvar a Shanghai Lily y se quedó atrapado en él.


Un cobijo mucho más entrañable es el que ofrece la maqueta del protagonista de la película Rails & Ties (2007, Railes y lazos). Un maquinista de tren arrolla en un paso a nivel el coche de una mujer que quiere suicidarse junto con su hijo, aunque éste puede saltar del automóvil en el último momento. La mujer del maquinista muere de cáncer. Viudo y huérfano superan su dolor y salen de su aislamiento cuando la maqueta de tren del maquinista sirve de lugar de encuentro entre los dos. La afición ferroviaria deviene terapéutica.


Para compensar un panorama tan triste, puede invocarse el relato Train miniature (2012) de Roger Riba, incluido en el volumen colectivo Oséz... 20 histoires érotiques dans un train. Un joven descubre que en los andenes y en los convoyes de la maqueta que tiene su tío en una caseta en el fondo del jardín, unos pequeños seres humanos a escala practican todas las modalidades del sexo. Cuando se acerca más todavía al tren en miniatura, va a parar dentro de él y puede unirse a la fiesta. Cuando el tío muere, él hereda la maqueta y corre a tomar posesión de ella, pero su magia ha desaparecido con su dueño.


En algunos de los casos citados, la maqueta donde se refugia el personaje acaba convirtiéndose en una metáfora del mismo a los ojos de terceros. Le ocurre al protagonista de Track 29, pero veremos casos mucho más evidentes.

lunes, 16 de octubre de 2017

Maquetas en relatos y películas I


Las maquetas ferroviarias también tienen un lugar en la literatura y el cine al lado de sus referentes reales. Hay pocos, aunque notables, textos o cintas ambientados íntegramente en una maqueta o alrededor de ella, pero sí una gran cantidad de obras en las que tienen una aparición relevante desde el punto de vista argumental o de caracterización de los personajes.

Leyendo un texto o visionando una película, cabe preguntarse qué aporta la maqueta a la historia o cuál ha sido la intención del escritor o del director al utilizarla, y casi siempre la respuesta se inscribe en alguno de los casos siguientes:

La maqueta se usa para definir o caracterizar a un personaje
Es la encarnación de alguno de los caracteres a ojos de un tercero
Es una metáfora del mundo
El diorama es un mundo paralelo donde se refugia el personaje
La circulación en la maqueta es un correlato de la acción principal

La primera película en la que se utilizó una maqueta para que el espectador se hiciera una idea del carácter de uno de los personajes es probablemente Four’s a Crowd (1938, Cuatro son multitud) dirigida por Michael Curtiz. La maqueta que el multimillonario tiene en el jardín de su mansión y su dedicación a ella nos lo define como excéntrico, diletante y competitivo. Es deliciosa la escena de la carrera entre el convoy con locomotora de vapor del odioso potentado y el tren aerodinámico del protagonista, eléctricos los dos sobre las típicas vías de tres raíles de las maquetas americanas de aquella época.


Algo parecido ocurre, ahora en el terreno literario, con Les Scrupules de Maigret (1958, Los escrúpulos de Maigret) de George Simenon. El jefe del departamento de juguetes de unos grandes almacenes parisinos le cuenta a Maigret su sospecha de que su mujer planea envenenarlo. Por su parte, la esposa del vendedor también va al encuentro del comisario para explicarle que cree que su marido está sufriendo delirios. Simenon hace que el vendedor tenga una maqueta en su casa para reforzar la idea de que el hombre es un acomplejado:
El hombre tenía necesidad de asegurarse. Y necesitaba asimismo demostrar a los demás que no era un ser inferior, y trabajaba con ahínco para convertirse en un as indiscutible en su especialidad. ¿Acaso no se consideraba en su fuero interno algo así como el Rey del Tren Eléctrico?
(…)
¿Pero acaso los trenes eléctricos, de los que no sólo se ocupaba en los grandes almacenes, sino también en su estudio de la avenida de Châtillon, no respondían bastante bien a «aquel mundo de ensueño», a «aquel mundo cerrado (de los sicópatas)? »
Existen varias versiones para la televisión (1960, 1976, 1992, 2004) y en todas ellas se utiliza el recurso de poner en relación la maqueta con la psicología del marido.


El director John Ford utilizó una maqueta en Donovan's Reef (1963, La Taberna del irlandés) para caracterizar a Thomas Gilhooley, el personaje interpretado por Lee Marvin, uno de los dos amigos ya retirados del ejército que pasan su tiempo en la taberna intentando distraerse de la monotonía de la vida tropical. Para que pensemos que Gilhooley está un tanto pirado y desconectado del mundo, le vemos evadirse con su tren eléctrico, incluso, o especialmente, cuando le hablan de matrimonio.


Cerraremos la relación con los Addams. En el primer episodio de la serie The Addams Family (1964, La familia Addams), la singular manera de ser de Gómez se pone de manifiesto con la ayuda de una maqueta de tren. Cuando recibe la visita del director de la escuela de sus hijos, Gómez no levanta los ojos del tren que está circulando, toma un detonador y vuela el puente por donde pasa; sólo entonces entabla conversación con el director.

En la versión cinematográfica de 1991, la familia se da cuenta de la preocupación de Gómez por su hermano Fétido cuando lo oyen poner en marcha su tren eléctrico. Desde el salón, Morticia y sus hijos identifican la gravedad de su estado de ánimo por las operaciones ferroviarias: “¡Oh, no! Padre está jugando con sus trenes.” “¡Está usando el diésel!” “El puente cubierto.” “¡La curva del muerto!”.

  
Parece desprenderse de las obras citadas que los propietarios de maquetas de trenes son personas un poco infantiles, excéntricas o poco sociables; algo de eso hay en el imaginario literario y cinematográfico. El panorama cambiará mucho cuando hablemos de la maqueta como metáfora del mundo.

domingo, 1 de octubre de 2017

El tren como metáfora política


En muchas ocasiones, los hechos como los que tiene ocupada la prensa internacional en el día de hoy acaban en las viñetas de los humoristas gráficos utilizando el tren como metáfora. Es el caso de la que encabeza esta entrada, dibujada por Ferreres en el diario El Periódico del 6 de septiembre de este año. El mismo Ferreres ya había utilizado el símil ferroviario para el mismo tema con anterioridad.



El anterior presidente del Gobierno también tuvo su viñeta con tren el 12 de octubre de 2008, en aquel caso un tren a punto de atropellarle. El guion era de A. Faro y el dibujo de C. Da Col.


De los trenes en marcha que encarnan una amenaza política tampoco se salvó el anterior presidente de los Estado Unidos. En The Columbus Dispatch de diciembre de 2008 así se hacían previsiones sobre su futuro de la pluma de Jeff Stahler.


Nuestros vecinos europeos tampoco se quedan cortos y la cancillera alemana es la que se lleva la palma.







Dedicado a las 844 víctimas de la violencia indiscriminada, injustificada e injustificable que el estado ha desencadenado hoy en Cataluña